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Lunes 20 de Mayo de 2024

Quiet on Set: ¡Suelta mi infancia, me estás lastimando!

Parte del porqué esta serie documental es tan impactante, es porque es algo que pasó debajo de las narices del público, en una etapa en la que muchos de nosotros recién empezábamos a descubrir quiénes somos.

22 de Abril de 2024 - 07:17

Quiet on Set: ¡Suelta mi infancia, me estás lastimando!

Por Hauvery Cetina

Crecí con series como Zoey 101 o iCarly (aunque esa me tocó más grande). Recuerdo sentarme en la sala la primera vez que vi un capítulo de Drake y Josh y que hasta mi abuela terminó sentándose a verlo conmigo porque no pudo contener las risas. Esta semana, que por fin pude ver Quiet on Set, todos esos recuerdos se difuminaron con más y más capas que dejan una nueva textura a mi niñez. 

Quienes me conocen, saben que soy un hombre impresionable, no necesariamente espantable. Esta serie documental me espantó. Escuchar la historia de cómo las series con las que crecí (y que fueron mis niñeras más de una tarde) están rodeadas de explotación laboral —explotación infantil, de paso—, de racismo, machismo, pedófilos y más referencias pornográficas que el historial de navegación de un adolescente precoz; y, sobre todo, una industria dispuesta a encubrirlo, presenta preguntas importantes sobre qué estamos dispuestos o no a consumir, y a exponer a nuestras infancias. 

Una radiografía de lo atroz

No es inaudito decir que la industria de Hollywood es un caldo de cultivo para lo innombrable. Como la gran mayoría de los problemas, el caso específico de Nickelodeon no es uno en particular, sino un sistema de fallas y violencias que permitieron que tanto lo más escandaloso, como lo que aún no conocemos, sucediera. Quiet on Set lo entiende y por eso estructuró la historia dandole un lugar a cada una de las capas que hace falta revisar. 

Casi todo, ciertamente, gira alrededor de la vomitiva figura de Dan Schneider: el productor más exitoso de la televisión infantil durante los noventa y 2000. Un señor que obligó a las únicas dos escritoras de su staff a compartir salario, o a denigrarlas pidiendo que fingieran ser sodomizadas en plena junta. 

Dedica tiempo a las historias de horror que vivieron las y los actores más jóvenes durante estas producciones, obligados a hiper-sexualizarse y humillarse, para ser olvidados y dejados a su suerte cuando hablaran en contra o —vaya— dejaran de ser infantes. 

Presenta un episodio entero a la historia de abuso que vivió Drake Bell a manos de un amigo cercano de Dan Schneider, y que el estudio se dedicó a encubrir (y, en lo personal, reconozco al documental por dar mención a los cargos que el propio Bell ha enfrentado por acoso sexual). 

Y cierra con un recuento de las cosas que el estudio, y la industria, han hecho para fingir que nada de eso está pasando, o volverá a pasar. Y por qué es tan importante no pasarlo por alto. 

Somos responsables de lo que consumimos

Parte del porqué esta serie documental es tan impactante, es porque es algo que pasó debajo de las narices del público, en una etapa en la que muchos de nosotros recién empezábamos a descubrir quiénes somos. Por lo mismo, advierto: no es un documental cómodo de ver. Te revuelve las tripas y apachurra el corazón. Y aún así, no podemos darnos el lujo de ignorarlo. 

La televisión, el cine, los medios educan. Sobre todo en la infancia, vamos a aprender de ellos, queramos o no. No quiero pensar en cuánta gente aprendió (o reafirmó) de esta serie que sexualizar adolescentes es aceptable y divertido. Que, como estudiante de cine imitando a sus ídolos, hacer referencias a los más comunes clichés del porno es algo que, sobre todo las mujeres, deben aceptar, crecer con ello.

Muchos aprendimos cosas que hoy intentamos desaprender, y no sé qué tanto pudo salir de cosas como esta. Y no nos quiero responsabilizar de lo que ha sufrido la gente que está detrás, o de estos efectos. ¿Cómo lo íbamos a saber, a nuestros seis años comiendo Choco Crispis frente a la televisión? Sin embargo, pensando en quienes somos ahora (y quienes seremos, por ejemplo, quienes sí aspiramos a tener descendencia en algún momento), sí somos responsables de lo que consumimos, de a qué regalamos nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra admiración. 

Hay que empezar a exigirle a los estudios que estén a la altura de su posición. Hay que castigar, como audiencia, el contenido peligroso y reconocer lo que merece reconocimiento. Basta de audiencias queriendo pretender que pueden ser pasivas.    

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